Península de Yucatán

Por primera vez en mis treinta y tres años de vida paso las navidades fuera de casa. Unos días en los que eché de menos a mi familia pero en los que, a cambio, pude compartir un pedacito de vida con nuevos amigos que siempre recordaré.

Y entre otras cosas, mi compañero de aventuras y el menda se regalan por las festividades todo un señor buffet de once dolares, que aquí el amigo asiático amortiza comiéndose, diez huevos y aún así dice que las cuentas no están saldadas.

Por mi parte me sale comida por las orejas, nos vamos cuando siento ganas de vomitar y el camarero comienza a mirarnos mal. Como dice mi amigo Santiago Lara de la casa del ciclista de Tumbaco, en las fiestas de los ciclistas olvídate del trago, lo que cuenta es comer.

Estamos emocionados:
¡vamos a quemar el pueblo! pensamos.

Que cojones , una de cine.


-¡Siii, y tambien a los bolos!-

A Yuta le brillan los ojos y enseña una sonrisa de la mas pura y sincera alegria consumista…no te pases chaval, cine y ya, que con esa plata comemos tres días.

El veinticinco y noche vieja entre San Cristobal de las Casas y Palenque. Compañia excelente.

Y de nuevo, después de un par de semanas de poco rodar, de excesos gastronómicos y de un episodio fuertecito de los recurrentes males estomacales, el día de reyes me despido de mi Quijote, (el porte manda y obvio a mi me toca Sancho), de mi amigo Yuta, de ese japones al que decía, rodamos unos días y luego, ya si eso, nos separamos. Ya ven ustedes, ingenuo que es uno, la historia duró casi tres meses.

El toma carretera directa a Guatemala yo desde Palenque giro el manillar de bicicleta que pone su rueda delantera rumbo al Norte. Hacia la península de Yucatán.

Revisando el mapa las distancias entre poblacione se antojaban bastante amplias y el calor en esas latitudes y con tan poco elevación no dan tregua, por eso cargué a Cleta un poco más de la cuenta. Seis litros de agua y bastante comida que resulta más barata comprar de una tacada en un supermercado que después en pequeñas tiendas durante la ruta. Bueeeeno…y mi panza con un pequeño sobrepeso de cochinita pibil, pero es que está taaan rica.

Recuerdo como en sus primeros metros el manillar flexaba y toda la bici se combaba por el peso. una sensación rara en la máquina y una sensación rara en mi estomago, presagio de un día duro.

El territorio sería desde ese momento en adelante muy similar, la península de Yucatán es una extensa plataforma continental totalmente llana donde la carretera corta la selva en un túnel de vegetación recto.


Kilómetros de aburrimiento persiguiendo las lineas de pintura sobre el asfalto, convergentes en un horizonte que nunca llega. Para colmo, ese primer día el viento soplaba duro de cara, lo suficiente para multiplicar por dos el esfuerzo de avance y por tres mi frustración.


Lo que no lograba el vientecito de marras era secar el sudor excesivo que expulsaba por cada poro de la piel y que empezaba a empapar la camiseta a la altura del vientre helado. De hecho todo mi cuerpo estaba cada vez más destemplado a pesar del calor y la humedad.


Algo no iba bien y a medio día era más que evidente que me estaba enfermando. Por mucho que bebiera sudaba cada gota de líquido y el apetito había desaparecido.


La carretera en obras, el carril estrecho, adelantamientos de camiones rozándome y ese maldito viento cada vez mas cabrón. Aprieto los dientes empanados en arena, la boca en una mueca estirada y la vista empeorando por momentos, me siento caer en un profundo pozo. Al fondo escucho gritos guturales, no veo los demonios, esta oscuro pero temo que me esperen.


No se bien como, pero tambaleándome logré entrar en una de las tuberías dispuestas a lo largo de la pista para los drenajes de la futura carretera. Me tomó dos horas rehidratarme y nutrirme. De atormentar mi sueño se encargaron los monos aulladores que por primera vez escuchaba. Así sin saber, acojonan tantito.


Debe uno tener cuidado con hidratarse bien en este México asfixiante, ya van unas cuantas de estas y me da que he incuvado una piedrecita en el riñon que me doblega cuando meo.

Final féliz, monto la tienda en el porche de una familia y para merendar chocolate, Coca-Cola y rosca de reyes.




No se si es la charla que les doy o la pena de verme bajo ese sol y sudado como un pollo, pero en días venideros, me hacen hueco por la noches en los controles fitosanitarios y con suerte hasta me regalan naranjas, de esas que les agarran a los que las quieren pasar bajo cuerda.


En Campeche, ciudad colonial y de historia pirata, descanso por un par de días con los bomberos y tengo medio juerga con unos contactos de Couch Surfing. Pena que no fuese juerga entera.

Ya a estas alturas las ciudades coloniales me comienzan a parecer iguales, coloridas manzanas en cuadricula perfecta… me parece que me voy a dar más a las relaciones humanas que a la visita de museos.


-Hola, perdona…¿puedo preguntarte algo?

Así fué nuestro comienzo, yo aprovechando la sombra de un parque de Merida y Humberto con su curiosidad por una bicicleta así de cargada. Charla que se convirtió en una invitación a comer mientras hablábamos del viaje y en la que debí mostrarme muy entusiasmado porque terminó con un sorprendente.


-Quiero hacer lo mismo que tu, quiero acompañarte.






El tipo tomó tres días para preparar su bici de carreras y su equipaje y lanzarse, sin pensarlo dos veces, a la carretera. Eso son huevos, ¿no?


No puedo olvidarme de Raul o el tío Rafa, que esos días en Merida me dieron posada y agasajaron con absoluta generosidad. También “salí de farra”, ya lo he dicho. Cambio museos por personas.


No lo voy a negar, de tres personas con las que viajé anteriormente, únicamente funcionó con Yuta. Si, temía tener que decirle a Humberto que nos separábamos al poco tiempo. Incluso que el calor y la carretera fueran demasiado duros para el.


Pero… ciento veinte kilometros el primer día, hasta ciento sesenta y cinco en una de las etapas posteriores. Humberto gran parte del tiempo tirando en cabeza.

Chitón Alvarito, que nunca se sabe por donde puede saltar la liebre.






Bufff, no puedo con ello, en serio que me carga. Vengo de rodar entre comunidades de cultura ancestral que me gritan ¡Gringo!, hablan dialecto, me convidan a tamal, donde los niños arrojan palos al Guero (blanco) por que es raro y va en bici pero que te tienen más miedo que un perro chico, de paisajes y gentes absolutamente únicos y de repente, esto:


Ruinas impresionantes reducidas a un circo de vendedores de baratijas chinas.

Buses que escupen ordas de muchachos rojos como cangrejos con Ray Ban fosforitas de espejo o chatinas semidesnudas y aires de diva…bueno estas si me gustan un poco, pa’ver y eso.


Humberto y yo pasamos desadvertidos, ya no somos dos tipos que sucitan curiosidad en el pueblo, somos turistas del montón, más sucios y sudados que los otros, pero unos dolares con patas igualmente. Los precios se triplican. También se complica buscar quien nos de posada, bomberos, ayuntamientos o policía, todos nos sugieren que busquemos un hotel.






Despues de visitar, Palenque, Txitxen Itza y un par de ruinas más, decido que es suficiente y no entraré en otro mercadillo de esos hasta Tikal en Guatemala.


Cansados de carreteras monótonas, de la cicatriz negra perpetua sobre el fondo uniforme de azul y verde nos echamos a la jungla. A una brecha abierta entre la selva y ese mar caribe de playas blancas y paradisíacas.









En el mapa prometía la cosa.

Y vaya, el camino no cumplió nuestras expectativas de tranquilo paseo a la vera del océano, pero desde luego no nos dejo indiferentes. Un día completo con sus seis horazas pedaleando para cubrir veintisiete kilómetros, en una pista reventada por los Jeeps que alquilan los turistas.


La reserva de Sian Ka’an es una preciosidad de trocito de selva que ha escapado (no del todo) a los complejos hoteleros. El acceso es limitado en numero para personas y vehículos todoterreno, además varios carteles advierten de no exceder los 30 kilómetros por hora pues es una reserva de alto valor ecológico con una biodiversidad única, con ejemplares de jaguar, puma, cocodrilos, tapir y un largo etcetera.

Aún así y sabiendo esto, no falta el idiota que nos adelanta a toda ostia, dejando tras de si una nube de polvo y la pista rota y embarrada.

Llegamos destrozados al final de la ruta, un pueblito con calles de arena, casitas de madera y tejados de palma, cocoteros y un compás que parece suspendido en el aire. Tranquilo, precioso, sin coches. Solo el rumor del mar en su monólogo de olas eternas.



Nos quedaríamos un par de días, pero es época de mosquitos y esos pequeños jejenes cabrones nos espantan. Es imposible luchar contra ellos, son tan pequeños que se cuelan por cualquier lado aún llevando ropa larga y acribillan con decenas de picaduras hasta la mínima piel expuesta.


El repelente se lo pasan por sus reales y micrométricas partes al poquito de aplicarlo.

Al día siguiente buscamos una barca que nos cruzó al otro lado de las marismas que separan la península rodada y salimos de nuevo por otra pista, algo menos rota que nos sacó de la reserva.




No es que no disfrutase el lugar, comí cocos gratis, vi un montón de animales y el lugar es increíblemente lindo pero rodar en esas condiciones nos dejo el cuerpo destrozado, el calor, los jejenes…

Mención especial para Humberto que lo hizo en su bici de carretera, pinchó como cinco o seis veces y no rechistó nadita. Me quito el sombrero.


En la última jornada que nos acercaría a Chetumal en la frontera con Belize, tomo la delantera y cuando llego al destino me pido unos tacos y espero por mi compañero. Dos horas y no aparece. Decido buscar un teléfono público, recorro media ciudad y ni uno que funcione con monedas, tampoco veo ningún locutorio… ostis mira que lo ponen difícil para hacer una llamada.


Me voy a la casa del contacto que tengo y ya desde allí intentaría comunicarme con Humberto.

Me recibió su compañera de casa, un poco apurada pues estaba preparando la maleta para salir volando al D.F.


El estaba en Cancún por dos días tratando asuntos personales y aún así el tipo me había dicho que si a mi solicitud de hospedaje.

Me dio llaves y me abrió las puertas de su casa para que me quedase a solas con su mac, sus caras pertenencias y su intimidad. A mi, un perfecto desconocido.






Quizás el destino, a sabiendas que debíamos conocernos le susurro en las noches.

-Fíate del chico, confía en el, tienes que recibirle…

Paco, mi gran amigo de Chetumal fué el broche perfecto a México. La química funcionó desde el principio y podíamos hablar hasta la madrugada, amén de que es un tipo excepcionalmente inteligente, sensible a los demás, empático y de mente abierta como pocos. No me había ido y ya tenía ganas de regresar a visitarlo.


Humberto y yo nos despedimos sin hacerlo, aquel día que nos separamos el se había demorado reparando tranquilamente uno pinchazo. Para cuando contactamos ya estaba en un hostal, preparando su regreso en bus a Merida, el día siguiente.






Estás lineas las escribo desde Perú, acontecimientos posteriores hicieron que perdiera el artículo original. El tiempo, y tantas otras aventuras se han encargado de desvanecer ligeramente mis recuerdos y de manera más profunda mis emociones…quizás eso reste enfasis en lo que escribo pero lo que no ha cambiado es que México sea uno de mis paises favoritos si no el que más. Una tierra de contrastes profundos en su geografía, clima, riqueza y gente. Mil paises en uno solo que demoraras mil años en conocer.

Gracias por todo cuates.

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