Hasta Pronto

Día de muertos. Michoacán. México.

Está ahí, aunque no lo siento, al menos no como es habitual. Mi cuerpo tendido.

Percibo mi pie embutido en unos zapatos nuevos y rígidos, no los veo, pero sé que son de charol, algo que yo no me pondría nunca. Percibo mis manos entrelazadas sobre el vientre, los dedos fríos, gélidos en realidad. Noto el peso de la cabeza sobre la nuca, un tremendo peso, no puedo moverla en absoluto, lo cierto es que nada en mi se mueve.

A través de los párpados cerrados, observo un borde de caoba reluciente que me encajona e inmediatamente un contrapicado de tierra y raíces que forman un cuadrilátero perfecto. Las cuatro esquinas fugan hasta una ventana al cielo con marco verde de recortado césped. Alguna nube blanca y esponjosa cruza el añil.

Y ahí en semejante escenario van asomando mis seres queridos. Sus caras compungidas, cansadas, y húmedas de lágrimas se despiden desde lo alto. También percibo la cálida luz del recuerdo en sus ojos.

Definitivamente es el último ADIÓS.

Esta macabra escena que he descrito no viene a ser más que una de las tretas comunes de nuestro ego, una vil defensa del mismo para no verse menguado. Imaginar o soñar con nuestro funeral, deseando ser recordados y queridos. Deseando dejar la mejor de nuestras huellas en el mundo.

En la tesitura que estoy, mi ego se encontraba tranquilo, a su bola, sin darle demasiada importancia a la despedida. Con el tiempo, los círculos de amistades se van cerrando y los devenires de la vida, a menudo, los ahoga por completo. Por eso, en ningún momento me planteé una super despedida y mucho menos la esperaba.

Veranito del 2017. Costa norte de Portugal.

¡Cuan equivocado estaba! No he tenido mi fiesta con gorritos y globos, y menos mal. Pero si el cariño en dosis pequeñas, como píldoras de amistad, no un atracón de unas pocas horas lleno de lazos demasiado escurridizos. Las comidas alrededor de una buena mesa, las palabras de ánimo o la expresión de orgullo en algunos rostros. Eso apena el corazón por la partida pero llena el alma para afrontarla. No se como daros las gracias. Me voy infladete 🙂

Aún me queda lo más duro, despedirme de mi familia y sobre todo de ellos… mi dos sobrinos.

Transcripción del post escrito a viernes, 17 de Mayo de 2013. Antes del inicio de América en bici

Os contaba como me despedí y me parece bonito relataros como regresé. Después de dos años por América y de alcanzar Ushuaia, meta final del viaje, la idea era quedarme y experimenta el invierno patagónico al calor de un amor del camino. Pero la cosa no funcionó y me planté de improviso en Madrid, desde donde comencé a subir rumbo a Vitoria. De vuelta a casa por sorpresa, casi sin avisar ni dar muchos detalles.

Llegada a la plaza de la Virgen Blanca

No os imagináis lo emocionante que fue subir el puerto de Gasteiz y vislumbrar en el horizonte el Aratz y el Aizkorri y allá abajo la ciudad que considero mi hogar. La cruce saboreando cada calle, deslizándome lento y en silencio . No había Fanfarria pero sonaba Slip de Elliot Moss en los auriculares. Nadie  me daba la bienvenida, a cambio tenía todo el tiempo y espació para ser consciente del regalazo lindo que me había hecho con ese viaje.

LLamé al telefonillo del portal de la calle Julián de Apraiz en el barrio de Coronación. Nadie contestó. Mi tía, que en realidad es como mi madre, no estaba en casa, pero como es mujer de costumbres estaba seguro de que estaría en el parque paseando a su perrita.

“Pues mi sobrino está por el mundo viajando… !así, ves! como ese chico de la bici… !peeeero, si, si, si ese es mi sobrino!!!”

Cuando llegué al parque y la vi sentada a lo lejos junto a una amiga hicimos contacto visual enseguida. Pude ver que no me reconocía, no me extraña, dos años en la carretera no pasan en balde. Bastó sonreirla para que cayese en la cuenta…el resto es lo típico de las pelis, carrera para encontrarnos en plan cámara lenta, abrazos y mucho amor.

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