España

Cuando era joven y salía de fiesta los sábados hasta las tantas, recuerdo como los domingos mi madre entraba en el cuarto por la mañana y me ponía Marc Anthony a toda pastilla mientras pasaba el aspirador, esto además de ser una tortura hizo que me “aprendiera” a la fuerza la única canción que medio me se.Por otro lado, me pasa cuando “retomo” el viajar en bici después de un tiempo parado, que me entra una alegría tal que me da por cantar. La cosa es que el bueno de Marc no está entre mis gustos musicales, peeeero como ya he dicho solo conozco una única canción decentemente.Y bueno, al fin y al cabo el título no está mal y el día que la muerte pase a recogerme me encantaría susurrarle cantando, Valio la Pena.

Publicada por Álvaro Rodamundu en Jueves, 1 de marzo de 2018

Salí de Vitoria casi como regresé de América, sin celebraciones o grandes despedidas. En un silencio íntimo que explotó en alegría una vez me vi en las afueras de la ciudad, con viento de cola y el sol en la cara.

Cuando era joven y salía de fiesta los sábados hasta las tantas, recuerdo como los domingos mi madre entraba en el cuarto por la mañana y me ponía Marc Anthony a toda pastilla mientras pasaba el aspirador, esto además de ser una tortura hizo que me “aprendiera” a la fuerza la única canción que medio me se.o lentissimo si no quiero despeñarme durante unas decenas de metros.

Por otro lado, me pasa cuando “retomo” el viajar en bici después de un tiempo parado, que me entra una alegría tal que me da por cantar. La cosa es que el bueno de Marc no está entre mis gustos musicales, peeeero como ya he dicho solo conozco una única canción decentemente.

Y bueno, al fin y al cabo el título no está mal y el día que la muerte pase a recogerme me encantaría susurrarle cantando, Valió la Pena.

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El plan. Dar un pequeña vuelta por la península para despedirme de gente querida, especialmente de mis hermanas en Zamora antes de subir a Francia y tomar rumbo este. Ya en el primer día comienza la “aventura”, me empecino en meterme por tramos del Camino de Santiago que me lleven hacia el oeste pero se convierte en un puñetero infierno de barro pegajoso. Se bloquean las ruedas, te pone hecho un cristo, te frustra.

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El segundo día no me pilla de nuevo, soy un chico listo y comienzo a buscar las pequeñas carreteritas que van de pueblo en pueblo. Escenarios como los de la meseta castellana pueden resultar aburridos para algunas personas pero a mí me gustan. Apaciguan la mente vaciándola de estímulos dejando espacio a la reflexión y meditación, y esto, teniendo en cuenta al ritmo que vivimos es un auténtico privilegio.

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Cuando llego a los pueblos siempre entro y los cruzo de punta a punta dejando que desnuden sus rincones poco a poco. Pueblos castellanos de adobe y vigas de madera. Cerrados a cal y canto con persianas y contraventanas. Con miradas bajas y silencios por respuesta. Que vida más jodida pienso.

Al hilo de esto último, recuerdo la simpática, dicharachera y muy “gallega” camarera que me contaba como había acabado casada con un hombre del lugar y lo difícil que se le hacía convivir con ese carácter recio y reservado de las Castilla profunda.  Ella, me convidó a un café y ambos nos regalamos una conversación sin futbol, ni política, ni amarillo, ni rosa.

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Anunciaron ciclogénesis, que viene siendo un tiempo de perros que para mí desgracia y en lo que alcanzo Zamora significa un viento terrible de cara

No tengo problemas con los puertos de montaña por duros que sean, de hecho me gustan. Son obstáculos “nobles”. Se dejan ver y calcular y uno decide si es capaz de afrontar o no el reto. Sin embargo, odio y mucho el viento de cara. Ese cabrón es un muro invisible que te frena, te frustra y te ensordece hasta provocarte dolor de cabeza.

EL noche que llegué a Zamora fue por sorpresa incluso para mí. Ese día me había peleado con un fortísimo viento de cara desde primera hora y me separaban 100km de casa de mi hermana. Pero las ganas de ver a mis sobrinos y darles una sorpresa cuando se levantaran por la mañana hicieron que cambiara de opinión al atardecer, encendí las luces, me acoplé en la bici y apreté los dientes. Ya de noche y a pocos kilómetros antes de llegar a Zamora, en una carretera con un amplio arcén y yo iluminado como árbol de navidad un “perro”(de dos patas) pasó rozándome a escasos centímetros en una maniobra claramente intencional. No se si odia las bicis o solo quiso gastarme una broma de mal gusto, pero francamente espero que el karma lo saque de las carreteras.

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Al pueblo llegué calado hasta los huesos y con las manos y pies entumecidos del frío. Cuando entré en el bar de la plaza, fuera, llovía a mares y me recibieron como se recibe en Castilla, con un carácter tirando a “seco” así que crucé los dedos y pregunté al camarero por el alcalde, me señala un hombrecillo de mirada bondadosa (mi intuición sabe que va a ir bien) sentado a la mesa de una partida de mus. Atragantándose un poco en su papel de autoridad del pueblo me preguntó que quería y 10 minuto más tarde estaba descansando en el salón de actos del ayuntamiento.

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Después de unos días en Zamora, cuando salgo de nuevo a la carretera el invierno continua castigando duro pero esta vez el viento juega a favor de vez en cuando y si no la hace pues los suyo es adaptarse. La idea era ir hacia el este pasando por Ávila, pero el  viento me empuja hacia Segovia, no discuto con él, viro el manillar y dejo que me empuje felizmente.

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Después de unos días en Valencia, disfrutando las fallas y las comodidades de estar bajo un techo rodeado de gente linda fue extraño encontrarse de nuevo en la carretera sin saber donde dormiría por la noche. En esta ocasión no podía quejarme. El delta del Ebro es un remanso de paz de horizontes limpios y viento fresco con banda sonora de miles de aves. Llegué de noche, rodando en un silencio que levantaba el vuelo de las garzas a las que siempre pillaba por sorpresa. Esa noche un observatorio de madera fue mi hogar.

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Viajo más cargado que nunca, llevo una cámara pro, más dos objetivos que rondan los 3 kilos, un portátil de 15”, cargadores y baterías, más todo el equipo de camping. No me importa, yo elegí viajar así. En esto del peso hay que quedarse con confort o ligereza.

A estas alturas, entre el peso, lo motivado que salí y la candela que le metí los primeros días tenía una tendinitis instalada en ambos tendones de Aquiles que me hacía caminar como un abuelo y pedalear con mucho cuidado.

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Rodando por Tarragona la cosa se complicaba para pernoctar. Una costa muy turística y ocupada apenas me dejó espacios para acampar libremente, exceptuando alguna playa aislada. Y suena idílico pero el viento y las lluvias seguían instaladas en la península y esto con la arena  es una combina

ción nada divertida. Soy un afortunado por poder vivir este sueño, pero tenía ganas de llegar a Barcelona donde me esperaba el último “puerto seguro”, decir el último adiós a amig@s y esta vez si que si, lanzarme hacia el este.

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Nunca antes viaje con GPS y reconozco que me encanta, el nivel de detalle te ayuda un montón a prever la ruta, elegir caminos o carreteras secundarias, Eurovelos, puntos de agua, supermercados… En la Costa Brava busco las alternativas a las carreteras principales y me pierdo entre campos de olivos asomados Al Mediterráneo. ¡Es tan hermosa esta región!. Un día se pegó con su bici un alemán retirado, había sido piloto comercial, conocía gran parte del mundo y vivió en varios lugares. Se retiró en la Costa Brava por qué lo consideraba un paraíso.

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Me gustan los días entre semana. Cuando encontré este rincón precioso, rodeado de urbanizaciones, tuve una noche perfecta. Buenas vistas, paz tranquilidad. Apenas un jubilado caminando por la playa, un vecino paseando a su perrito, los pájaros y poco más

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No me gustan los fines de semana. Cuando encontré este otro rincón, haabía un ir y venir de gente constante y tuve que esperar hasta las 8 de la noche en la playa, para después acercarme a unas ruinas cercanas y montar un campamento provisional, justo un plástico y el saco de dormir. A las 11 aparecen dos hombre para hacer fotos nocturnas, a las 12 vienen los chavales y chavalas de un camping cercano y comienzan a gritarse con otro grupo al otro lado de la bahía. Los de este lado les insultan de broma con un: ¡Vagabundos!. Muy ocurrentes. Sobre la madrugada, a saber que hora era, alguien sube a fumar porros… Yo reaprendo por las malas a no dormir nunca más en un punto turístico en fin de semana.

Bonjour!

Publicada por Álvaro Rodamundu en Martes, 3 de abril de 2018

No tengo foto de Lluis pero lo llevo en el corazón. Me encontró comiendo una lata de sardinas en la plaza de su pueblo, venía de caminar y de pintar algunos bocetos para sus cuadros, siempre dedicados a las montañas. Me abrió la puerta de su casa y de su familia, fui invitado a la cena de los domingos en casa de los abuelos,  fue él, que me aconsejó la ruta para pasar a Francia por el puerto del video. Y así, con esa alegría me despedí de España.

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