BAJA

El sueño de las rocas.

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Érase una vez en un muuuuy lejano país, donde existía un pequeño desierto, en el que vivían unas rocas enooooormes que tenían cientos y cientos de miles de años.


Estas sabias rocas estaban terriblemente apenadas porque aquel lugar era demasiado triste sin nadie que lo habitase más que ellas y se sentían muyyyy solas.

-Oooohh yo deseo que los ratones hagan su casita entre mis grietas.- decía una.

-Pues a mi me encantaría, que las liebres excavaran profuuuuundas madrigueras en mi base, con un montón de túneles, como un laberinto.- contestaba otra.

-Y tarántulas que correteen sobre nuestra espalda jajaja ¡nos encantan las cosquillas!- gritaban las de más al fondo.

Incluso a la roquita más pequeña no le importaría proteger de las noches frías a alguna que otra serpiente.

Pero todas, todas, todas, tenían el mismo sueño. Poder ver crecer maravillosos y bonitos cactus de mil formas y tamaños. Tan altos como una casa o pequeñitos como una zanahoria, que hicieran brotar flores multicolor o dieran dulces y jugosos frutos.

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La más grande y anciana de todas dijo. -Necesitamos que las nubes, que cruzan el cielo velozmente una vez al año, se detengan y nos regalen su lluvia.- Pues las pocas gotas, que de vez en cuando llovían, solo conseguían hacer crecer pequeñas hojitas de hierba que enseguida se secaban.

¡Estaba decidido!, las rocas hablaron con las nubes. -¡Eeeeeh, Eeeoooooooh!, por favor, os podéis detener sobre nosotras, aunque solo sea por un rato, necesitamos vuestro agua. Nuestra tierra está tremendamente seca y ni los cactus ni los animales quieren vivir nosotras.

A lo que las nubes contestaron. -Nos encantaría regalaros un poco del agua que llevamos pero no podemos, el viento nos arrastra con tanta fuerza, que sólo nos detenemos cuando las montañas más altas consiguen atraparnos.

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Entonces las rocas tuvieron una gran idea y comenzaron a empujarse fuertemente las unas contra las otras. Así lo hicieron también las más gigantescas que estaban enterradas. -¡Ummmmmpffffff, vamos chicas, un poco más! Lo hicieron tan tan fuerte, durante muuuchos años hasta que por fin las que se encontraban en el centro comenzaron a elevarse, más y más alto. Tan alto que se convirtieron en una inmensa montaña.

Como cada verano, las nubes regresaron. Pero esta vez la gran montaña de rocas las atrapó, Las atrapo durante tanto tiempo, que su lluvia formó un ancho río, que antes de secarse, pronto llenó con su agua pequeños pozos por todo el desierto.

A los pocos días algunas plantitas comenzaron a crecer, también un cactus por aquí y otro por allí.

Cada año que pasaba y con la ayuda de sus amigas las nubes, el desierto tenía más seres vivos, y se contaban por cientos los animales que querían vivir en un lugar tan hermoso.

De esta manera nació el desierto más bonito del mundo donde las estrellas brillan como en ningún otro lugar.

A mis pequeños sobrinos que me iluminan el alma.

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En algún blog de otro cicloturista, siento no nombrar la fuente porque no lo recuerdo, decía que a México hay días que lo quieres y días que lo odias. Yo no voy ha decir que lo odio, porque me va mejor no odiando, pero estoy de acuerdo con esa afirmación, e igual que tengo días en los que me sorprendo de lo tanto de bonito que tiene este pedazo de tierra y sus gentes, otros los mandaría al carajo rápidamente.

Entrar en Tijuana viniendo de San Diego fue un shock en todos los sentidos, de repente el césped perfecto, las calles impolutas y las mujeres blancas que me ignoran vistiendo un cuidado conjunto de Nike y haciendo footing dominguero se convierte en polvo en el aire, caóticas calles sucias y raciales morenas que me lanzan una miradita de soslayo cuando piensan que no las veo.

Pero vayamos por partes. El último edificio por el que paso antes de abandonar EEUU es un Mc Donalds (literalmente). Me sorprende que para salir del país no haya ningún control…bueno da igual, pa’lante. De repente y de frente 4 militares con cara de malas pulgas me dan la bienvenida a México. Uno de ellos, lastima que no sea la guapa soldado ramirez, me llama con dos dedos. -Joder,- pienso, -ya me van hacer desempacar a Bicicleta.- Pero no el tío comienza con un pequeño interrogatorio que al final se convierte en pura charla curiosa y un poco cotilla por su parte. Y yo pensando. -Chato, no se como lo ves, pero tengo que salir de la ciudad a ser posible de día y Tijuana no es precisamente pequeña- Al rato largo va y me dice que puedo continuar. -Estooooo, como te he dicho, voy a cruzar México de punta a punta, ¿no me vas ha echar ni un sellito en el pasaporte?-

-!Ah si!, pasa a inmigración, la oficinita de ahí detrás.-

Anda queee, para una cosa que tienen que hacer. En la oficina conseguí mi permiso de turista a la mexicana. En teoría, dicho permiso y si no he leido mal, son como cerca de 30 dólares, que has de pagar en el banco y regresar a inmigración con tu recibo para que te lo den. La cuestión es que el tipo que me atendió me pidió el dinero directamente, dinero que no tenía ya que únicamente llevaba 22 dólares en efectivo. Yo le propuse que podía ir a pagarlo en alguna sucursal y luego acercarme a la oficina de inmigración con el pago hecho, pero el zanjo el asunto con un más que mal oliente.

-Ok, 22 dólares está bien- Dinero que aterrizó directamente en su bolsillo. Dinero que ganó, el. Dinero que ahorré yo. Dinero que perdieron muchos.

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Y por fin piso la calle, en la rampa que desciende hasta la acera se sientan taxistas piratas, vendedores de baratijas y otros buscavidas. Bicicleta y yo nos deslizamos con precaución hasta la acera, un poco en alerta, llevan dos meses y pico metiéndonos miedo con este momento y si bien somos conscientes de que es más paranoia mediática que otra cosa no está de más pisar despacio, el caos reina por todos lados, los coches no parecen seguir reglas muy definidas, los peatones se lanzan a la carretera reclamando el espacio para cruzar, en cada rincón puedes encontrar un alma que observa, analiza, vigila, ¿cuál será su negocio? me pregunto. Resulta un poco apabullante, me monto en bicicleta y cruzamos la ciudad, las indicaciones de la gente no son demasiado precisas, “izquierda y derecha” son sustituidas por “a la vueltita” meneando una mano o la otra según convenga, el tráfico es un horror y están a punto de atropellarme en un par de ocasiones en una carretera asquerosa donde el olor a escape se puede masticar. De hecho noto el humo apoderándose de los agitados pulmones, posándose entre sus cavidades, ahogándose. Los 38ºC tampoco ayudan mucho.

Finalmente escapé de Tijuana y gracias a las recomendaciones de mi primer contacto en México, Roberto, que me ofreció un lugar donde montar la tienda y algunos trucos para viajar en bici en La Baja llegué a Ensenada donde tenía pensado pasar unos días que se convirtieron en algo así como una semana y pico de aclimatación al nuevo entorno. Y bien que me aclimaté, no se si fué el agua, el tamal callejero que llevaba demasiado tiempo en venta, los tacos de adobada a 4 pesos (22ct) o el chile picante que sazona hasta las chucherías de los niños… sea lo que fuere me mantuvo sentado en el retrete más tiempo del aconsejado para el baño abandonado de la “casa del ciclista”, que a pesar de llevar unos meses cerradas la señora Delia abrió para mi y me dejó quedarme todo el tiempo que quisiera, anunciaban lluvias y no quería que me mojase, un encanto. A mi las lluvias me daban absolutamente igual, pero reposar de vez en cuando está más que bien y si tienes una casa entera y unas cuantas arañas para ti pues mejor que mejor.

En Ensenada camino de día entre el bullicio de sus calles, tomadas por escolares, vendedores ambulantes, comercios de todos los colores y olores, estruendosos corridos que me hacen agarrarle paquete a las trompetas. Aprendo a que tengo que regatear después de que me la metan doblada. Pruebo mis primeros platos mexicanos. También camino su noche, negra como la boca del lobo, donde la falta de farolas convierte el paseo en una gincana, de caminos rotos, alcantarillas sin tapa, calles de arena y bordillos desde los que podría despegar una ala delta, de taquerías con olor a grasa y tortilla de harina y maíz, de voces pausadas y novelas en televisores “enganchados” de algún cable en medio de la calle.

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Este es el México que me da la bienvenida y eso que dicen que el continental es más auténtico; que la baja intenta ser un poco copia de su deslumbrante vecino yankee. Sea lo que sea, el rollo que tiene me gusta y lo disfruto.

Del descanso en Ensenada salí un poco flojo por mi estómago de niña inglesa bien educada. Las nubes que finalmente no fueron para tanto se habían disipado y el sol caía a plomo, para colmo, di por hecho que en medio de la etapa tendría un lugar para repostar agua pero la carretera de repente pica para arriba durante unas cuantas horas, sin un alma entre el barranco desértico y la alfombra de fuego y asfalto que se desenrollaba en suaves curvas. Me bebí los 4 litros de agua que tenía en el momento de encontrarme aún en medio del puerto a mediodía y 45º C, sin una mala brisa y nada para remojar el gaznate me preocupé pensando que me iba tocar matar una serpiente para despellejarla y hacerme una cantimplora de pis al más puro estilo Bear Grylls, justo cuando una furgoneta se recalienta y tiene que parar en un pequeño recoveco que concedía la carretera. Y adivinen que, !transportaba hielo comestible! ¿Cúal es la probabilidad de que algo así ocurra?, !no me jodas, si al final me van hacer creer!. Mis amigos de “Pescaderías del Pacífico” me regalan un botella de 7UP de dos litros bien fresquito y me rellenan mi depósito de agua con 3 kilos de hielo picado, que me dan la hidratación suficiente para alcanzar el siguiente rancho a las 5 de la tarde, donde por segunda vez en el viaje terminó la etapa con una insolación del carajo y más seco que la mojama. Por suerte Lala es un hada madrina que según me ve no tarda ni dos segundos en regalarme un Nestea bien frío, un rincón para la carpa, ducha de agua de pozo y queso de su tienda.

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Los siguientes días hasta la ciudad de San Quintín, se suceden entre pueblos de trabajadores del campo, gente humilde, domingos que se convierten en el día oficial de la borrachera y cientos de potenciales homicidas al volante de trailers americanos. En esta etapa, me invento un nuevo ejercicio circense y me convierto en sonambulista, aunando las disciplinas del sonambulismo y funambulismo en un acto temerario que consiste en madrugar a las 5 de la mañana para evitar los comunes 45º y rodar haciendo equilibrios sobre la raya blanca que corta la estrecha carretera hacia el abismo de hasta medio metro que son algunos de los badenes, mientras los troqueros (camioneros) procuran hacer blanco sobre bicicleta a unos 100 km hora diría yo. Eso si, todos me saludan desde las cabinas sin excepción…. más majos. Y no lo digo yo, que se lo he leído a unos cuantos…esto hace de México uno de los lugares más puñeteros para viajar en bici.

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Por suerte esto no dura demasiado, y a partir de San Quintín con sus granjas agrícolas culpables de todo ese trasiego el tráfico desaparece casi por completo, rodar se vuelve, por fin, algo agradable y las primeras nubes de la estación de lluvias comienzan a descargar tormentas vespertinas.

Llegando al Rosario y después de un día de puerto duro, de calor infernal y lluvia torrencial, bicicleta comenzó a quejarse y a decir que iba siendo hora de darse un homenaje para subir el ánimo de la expedición y aflojando la cartera compré habitación con ducha, tele, internet y lavandería todo ello aderezado con nachos, patatas, coca cola y otras cochinadas. La verdad que de vez en cuando se agradece un poco de “civilización” y lo único que te apetece es tumbarte en la cama, ponerte una peli y desaparecer del mundo por unas horas. Y vagueando estuvimos hasta las doce del día siguiente cuando nos preparamos para salir, aunque no fuimos muy lejos pues nos hicieron una propuesta ineludible, un marine retirado en la Baja nos ofrecía quedarnos un día más en el pueblo, espaguettis con tomate y albóndigas. Y ahí nos conocimos.

Indigo se hace llamar (como el azul) y cabría esperar por el nombre y la “planta” que fuera artista gráfico o algo por el estilo, pero no, es programador. Rastas desaliñadas, barba negra, y el cuerpo tatuado le hacen parecer un auténtico pirata sobre su galeón de bandera canalla y cola de mapache. Nada más lejos de la realidad, las gafas de espejo realmente esconden un tipo un poco asustado y emparanoiado con la seguridad, en cierta manera normal, al fin y al cabo es estadounidense y allí se han encargado de meterle el miedo en el cuerpo.

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Indigo comenzó en la frontera canadiense y su viaje acababa en La Paz, en el sur de la península de Baja California, hacia donde nos dirigimos, ya como compañeros. Para ambos va a ser la primera vez que viajamos acompañados. Lo que nos espera es el valle de los cirios y el desierto de Vizcaíno, un verdadero infierno de rampas ardientes. Por suerte al caer la tarde los último ramalazos del huracán Irene refrescan el ambiente con aguaceros que duran un par de horas. Recuerdo una de esas tardes en la que le dije a mi compa -¿Oye tío, tú estás seguro que te quieres meter en ese nubarrón? mira que tiene una pinta de tornado que ni el Katrina. ¿no será mejor acampar por aquí?- A lo que contestó que ni hablar, que él no dormía fuera de una ciudad, que nos podía asaltar Curro Jimenez…-Ok, vamos allá entonces.-

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Primero fueron unas cuantas gotas gordas en la cara mientras el sol aún calentaba la espalda, y en menos de lo que canta un gallo estábamos metidos en un huracán negro con un viento de estribor que te hacía rodar tumbado sobre el, de tal manera, que riete tu de la inclinación de las naves de la Copa América que había visto en San Francisco. Cuando comenzaron a caer rayos a cada lado de la carretera, estaba decidido, si no queríamos convertirnos en pollo frito había que buscar un lugar en el que refugiarse, cosa nada fácil en un lugar que no hay más que piedras y cactus. Finalmente uno de los túneles de desagüe que cruzaban la carretera fue nuestra guarida por un par de horas y que risas cuando comenzó a correr agua por el jiji.

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Grandes piedras de granito suavemente esculpidas, cirios combados en elegantes reverencias, cardones de 18 metros de alto, y otras tantas especies de coloridos catus, recortándose contra el horizonte de la tormenta que viajaba hacia el Norte, dando paso a el cielo puro y claro del que colgaba un bonita media luna creciente.

En este espacio surrealista estaba montando la tienda de campaña sobre una de las rocas, cuando el ruido de un torrente se entrometió en el temazo que Sam Cooke me cantaba a través de los cascos del mp3. ¡Anda que bien!, me dije… si hay un río para bañarme. Pero…espera un momento, esto es el desierto y juraría que cuando llegué no había ningún río. Efectivamente no lo había, pero todo el agua descargada por la tormenta en las montañas bajaba ahora furiosa hacia el valle, convirtiendo lo que era un cauce de arena seca en un arroyo que crecía por momentos. En cuestión de minutos mi atalaya se vio rodeada por el agua y podía ver como iba creciendo el nivel más bien rápido que despacio. Y rápido es como tuve que recoger todo como pude y mudarme a través de un paso, con el agua por las espinillas, hasta unas rocas más altas. Ahora recuerdo esa noche como una de las más moviditas pero aún con eso, volvería a repetir la experiencia de dormir en uno de los sitios, que junto con el bosque de sequoias, es el más increíble y bonito por el momento.

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Cuando vi que paraba, supe que era por nosotros. -Hola, ¿sabes que te conozco? Tu eres Gavino- y Gavino flipo en colorines. Unos meses atrás había echado una mano a unos cicloturistas y estos le habían dicho que si veía algún viajero en la carretera del desierto, lo que más agradecíamos era agua fría. Y casualmente un par de día antes leí el blog de la pareja que contaba como Gavino les había ayudado y recordaba perfectamente su cara. Después de charlar un ratito y chuparnos los dos litros de agua que nos dio, nos emplazo a visitarlo en Loreto, donde tiene su tienda de segunda en el patio de Sandra y su “viejito” Eduardo.

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Cruzado el valle de los Cirios nos reciben los bomberos voluntarios de Santa Rosalía, unos tipos que se juegan la vida a cambio de las gracias de los vecinos. (cuando las reciben, por lo visto existen algunos necios que no ven el carácter voluntario del asunto y exigen resultados de “primer mundo” con recursos más que limitados). Me hecho unas buenas risas con ellos, nos invitan a cenar unas tortas con el pan riquísimo que dejaron los franceses como herencia a principios de siglo y dormimos como señores.

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El agua calmada y atrapada por la pequeña península, sin brisa que la erize parece un espejo de plata reflejando recargadas nubes, que quintuplican en tamaño las montañas sobre las que flotan. Cualquier vikingo que se precie se atemorizaría al ver estas moles desatando su furia con rayos que las iluminan desde dentro provocando un juego de luces y sombras tan bello como poderoso. No tardan mucho tiempo en descargar densas columnas de agua aquí y allá. Deslizándonos sobre el suave asfalto, Bicicleta y yo disfrutamos con una sonrisa de oreja a oreja de la Bahía de Concepción y de la compañía de la manada de delfines que parecen divertirse rompiendo la estática superficie del agua con sus saltos y cabriolas. Más tarde les daremos las buenas noches desde nuestra palapa de palma y dormiremos mecidos por el sordo sonido de un mar que no se mueve pero que late de vida con cientos de especies marinas.

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A Bahía Concepción le seguía un nuevo valle, esta vez vestido de clorofila producto de la magia de la época de lluvias, y flanqueado por una cadena de montañas sobre las que cada mañana se enganchaban jugosas nubes que reverdecen la tierra roja transformando el horizonte lejano en una especie de selva tropical que más evoca una isla volcánica del pacífico que un árido desierto. En este valle, es común encontrar ranchos con cultivos humildes mantenidos a base de agua de pozos y rebaños de cabras. Y en un rancho de ganado pernoctamos, el ambiente era excelente se notaba que era sábado y había unos pocos parroquianos y sus esposas platicando y tomando cervezas en la lonchería de la casa, Índigo se retiró pronto, le entiendo perfectamente, vengo de pasar casi tres meses entre angloparlantes, y es fácil quedarse fuera de juego cuando no dominas el idioma, especialmente si se utiliza el afilado doble sentido mexicano. Y ya cuando la cosa comenzó a decaer, decidí que era hora de integrar a los dos niños de los dueños, que nos miraban como si vinieramo de marte, así que desempolve la nariz de clown que traigo conmigo, repase mentalmente unos pocos trucos de magía y me lancé al escenario. Y que gozada, al final comenzaron a sumarse adultos y me sorprendió especialmente uno de los pastores del rancho, un tipo con los dientes marrones que se le caía la baba de la bocaza abierta que de vez en cuando se transformaba en una de las risas más inocentonas que le veo a todo un machote desde hace tiempo. A dormir todos contentos,sobre todo yo por volver a sentir viejas sensaciones, aunque fuese en un escenario de tierra donde me devoraron los mosquitos.

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En Loreto pierdo a mi compañero, los increíbles paisajes y la amabilidad de la gente no le compensa lo que nos hace sufrir un constante y fuerte viento de cara desde hace días y los empinados puertos. Indigo toma un autobús hasta La Paz desde donde volará a San Francisco. A mi me espera la tienda de segunda Gavino. El patio de la casa está tomado por largas mesas atiborradas de todo tipo de objetos que el vecino y rico Estados Unidos deshecha. Un hormiguero de gente remueve, rebusca y va comprando desde un suéter de algodón, hasta un juguete al que le falta alguna pieza o una cazuela sin tapa. En el humilde hogar de Lalo y Sandra, me retienen dos días pues no puedo irme sin probar las almejas típicas de la región y tengo unas más que interesantes charlas con Gabino acerca del cáncer en este país. La corrupción a todos los niveles, escucho alguna que otra historia a la que difícilmente puedo dar crédito. A saber, doctores especialistas que realmente no lo son a los cuales pagas para que te extirpen determinado órgano enfermo y que se conforman con abrir para volver a cerrar sin hacer aquello que no saben hacer, cobrando como no llos honorarios o gasolineras estatales que estafan en cada litro que venden bajo el permiso “untado” de el órgano regulador.

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Fue en Loreto que acudí a un divertido y bizarro acto. Eran las fiestas en honor a la Virgen, una bronceada escultura vestida con arrebujadas telas, curioso sombrero de ala y niño Jesús en brazos. La plaza atestada de sillas plegables que se repartían, alcahuetas y viudas de mirada inquisidora y labios prietos, madres con chiquillos colgando, adolescentes atusándose las vanidades propias de la edad y hombres vestidos con la camisa del domingo aguantando el calor estoicamente de pie. Y a todo esto, que desde el coro escondido no se muy bien porque, surge un ritmillo guitarrero de rumba catalana que me mueve el pie, los abanicos también agarran el compás y crean el bonito efecto de un jardín de mariposas con “duende”, los que no se abanican dan palmas. Y comienza la canción, genial, positiva, con grititos en falsete a lo Bee Gees. EL cura y los monaguillos mueven los brazos en el aire. No puedo reprimir una sonrisa, pero es que de verdad que me parece muy divertido. La virgen comienza a desfilar hacia el escenario porteada por cuatro hombres, las campanas resuenan y un Cristo huesudo y sangriento lo preside todo desde arriba. Estábamos todos de subidón, la plaza bien “calientita” cuando la música se para y el cura lo chafa con un sermón terrible en el que poco más viene a decir que Dios quiere que suframos en este mundo cargando nuestra cruz diaria así como lo hizo su hijo. Me resulta curioso como se adapta la palabra divina dependiendo de las circunstancias del país…recuerdo el dios del tipo que me sermoneo en Washington que decía que lo que ÉL deseaba es que disfrutásemos de nuestros privilegios pues era la recompensa por ser buenos cristianos.

Con el cuerpo descansado y mis gracias eternas hacia mis anfitriones salgo de Loreto para subir un puerto que me deja en la meseta surcada por sendas rectas de decenas de kilómetros aburridas, asquerosas y feas y me alojo por primera vez con la policía en Ciudad Insurgentes, mira que me daba mal rollo y no tenía muy claro cual iba a ser el resultado de la petición de alojamiento, pero al final todo acabó con charla distendida, foto de grupo y unos cuantos contactos en Facebook.

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Ya en la recta final hacia La Paz, el último día me encuentro con una curiosa pareja cicloturista, “H” y Julio. Ella 25 años, matemática y bailarina de streptease en Nueva Orleans, viaja desde Ensenada hasta Panamá, bueno solo hasta Ciudad de México, no le gusta la bicicleta y la va a cambiar por una moto. El no me queda del todo claro, mexicano de 60 años ilegal en los EEUU y recorriendo 2000 kilómetros en promesa a la virgen de Guadalupe no se muy bien porque rodando La Baja. El uno proporciona seguridad la otra el sustento.

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El tiempo en La Paz no lo puedo considerar demasiado especial, ciudad playera y turística donde lo realmente interesante está en los alrededores. Por ejemplo la Isla Espíritu Santo donde a través de la web CouchSurfing se organizó una excursión que el huracán Manuel se encargó de chafar. Lo que sí recuerdo son los buenos ratos pasados con la gente que me hizo un hueco en sus casas y sus vidas como las divertidas conversaciones con Carlos, la cena antegraduación de Nico y su familia o los días de absoluto relax con la genial Silvia.

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A los 8 días la alerta de huracanes cesa, mi ferry parte rumbo al macizo continental y mi nueva compañera, “H” y yo nos acomodamos como podemos y nos permite el ticket más barato del barco. Por delante tenemos unos cuantos kilómetros para ir juntos hasta Guadalajara. Pero amigos eso es otra historia.

Gracias de nuevo a todos los que encontré y me encontraron en el camino, sin vosotros mi experiencia sería bien diferente.

¡Que vaya bien! ¡Que vaya sobre dos ruedas!

 

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