México Continental

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El Central Park se ha convertido en un antro con pretensiones chic donde todas las noches acuden fresitas de clase media alta a gastar los pesos que reciben cada quince días de sus papás. Nunca frecuento lugares como ese, pero a María le encantan los locales de moda lleno de luces de neon, camareros con corbata y gente guapa y superficial, lo cierto es que a veces no comprendo como podemos ser tan buen amigas. Por eso, esa noche mis jeans desgastados se quedaron sobre los tenis en una esquina de mi cuarto y me puse un incómodo vestido y los zapatos de tacón. Me vale madre lo que piensen esa bola de niños bien, con problemas estúpidos y adicciones caras, pero no me dejarían entrar si no me visto de zorra y María me lo ha pedido de rodillas.
Escogimos una mesa en la terraza del piso bajo, junto a la barandilla de cristal y acero pulido. Desde allí podíamos ver a la gente desfilando sus vanidades y satisfacer el ego de mi amiga que se dejaba ver espléndida. Ella pidió un cóctel de 450 pesos, yo una cerveza ridículamente cara.
Nos servían la fluorescente copa adornada de frutos rojos cuando por la carretera, un par de metros por debajo, pasó una “troka” Ford Lobo colorada cuando en ese instante pude notar como los ojos del conductor se detuvieron en nosotras. Minutos después los tres tipos de la camioneta se sentaban algunas mesas más allá.
-Señoritas, aquellos caballeros las invitan- dijo el camarero, mientras posaba en la mesa un par de copas de vino.
María y yo nos miramos divertidas, tengo que reconocer que hay cosas de ella que no me gustan pero cuando se trata de explorar caminos inciertos se avienta sin reparo. Nos paramos y nos dirigimos hacia la mesa de nuestros admiradores, la curiosidad nos mataba.
El que parecía el jefe vestía camisa entallada y una chaqueta a rayas, pantalones de mezclilla sujetos por una gran hebilla de cinturón y botas rancheras negras y brillantes. Pelo peinado hacia atrás con medio bote de gel fijador y la perilla perfectamente recortada. Su compañero, con el que platicaba y se reía lanzándonos descaradas miraditas de soslayo, llevaba un polo de Ralph Lauren con un enorme y desproporcionado logotipo de un jugador de polo en el lado izquierdo, pantalones chinos y lustrosos zapatos puntiagudos. El tercero era un gordo que sudaba dentro de un traje gris, clavado en su Iphone y que ni siquiera nos miró a la cara cuando nos detuvimos frente a su mesa.
-¿Qué onda morras, gustan sentarse con nosotros?- ¿¿¿Qué onda morras???, mal comienza el asunto.
-Si claro, como no. Muchas gracias por la copa- dijo mi amiga María luciendo su encantadora sonrisa, un poco tirante por la estúpida presentación del tipo.
Tras un intercambio de insustanciales frases no mejoró la cosa.
-Pues sí, aquí estoy tomando unas chelas con mis socios, soy cirujano plástico y tenemos una clínica aquí a la vueltita.-
-¿Ah, si?, que interesante, y ¿dónde exactamente dices que tenéis el negocio?- preguntó María, no sin cierta ironía.
-Aaaah, no güera a ti no te hace falta. Estas bien linda.- risas atragantadas y machonas entre los dos tipos. Sonrisa torcida y condescendiente de mi amiga. Gritos de unos niños jugando en la calle.
-Oye, seguro conocerás al doctor Quincoces, desde hace tiempo es buen amigo de mi familia- Quincoces, el director de cirugía plástica del hospital universitario de la ciudad, uno de los más importantes en todo el país, siempre asistió a las suntuosas fiestas que mi padre organizaba por mi cumpleaños.
-Noooo morra, no se quien es ese wey-
-¿Cómo no? Pero el doctor Quincoces es uno de los más presti…- ¡BAAMMM!

El estallido no me dejo terminar mi frase, cuando, como en cámara lenta,
el tipo del Iphone que no había abierto la boca se levantó impulsado por una súbita fuerza, despegó los pies del suelo en un grácil salto, pasó volando ágilmente por encima de mí y aterrizó debajo de la mesa de al lado, donde comenzó a temblar arrodillado en el suelo con la cabeza entre los brazos.

En la calle uno de los chiquillos que jugaban miraba su globo roto con cara de sorpresa y disgusto al tiempo. Los que estábamos en la mesa mirábamos estupefactos al gordo sudoroso.

Tres días pasaron, cuando les volví a ver…esta vez en las portadas de la prensa amarilla (o sea la mayoría), pero estaban algo cambiados, pues se reducían a tres cabezas amontonadas junto a un bote de basura en un parque. Cáceres, pertenecía al narco, el y sus 2 socios no sólo hacían el trabajo sucio para el jefe, lo cual les ponía en el punto de mira de muchos rivales, sino que andaban madreando asuntos del cartel y llevando negocios por su cuenta. Escribían en titulares que se desconocía el autor de los hechos. Yo sabía perfectamente que había sido su propio patrón.

Papá no perdona la traición de uno de los suyos y desde siempre le gustó “firmar” sus asesinatos regresando a los descabezados donde se merecen, junto a las ratas y la basura.

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Una luz brillante e inusualmente grande se distinguía en el horizonte como si se tratase de una colina luminosa emergiendo del agua. Evgeny, otro ciloviajero, y yo no alcanzábamos a distinguir de que se trataba, hasta que la luna se despegó del agua y pudimos reconocer su pálida redondez elevándose en cuestión de minutos. Estuvimos disfrutando de la charla en el ferry que nos transportaba de la península de la Baja hasta el macizo continental, conversación acompañada de brisa húmeda del mar de Cortés, y delfines que recortaban sus siluetas de luz de noche saltando a estribor del buque que nos transportaba. Aunque yo lo que quería era quedarme solo, y gozar de mi dormitorio privilegiado de la cubierta 4, el billete más barato no me daba la “comodidad” de un camarote, pero no la necesitaba tampoco…sin duda desde la pequeña ventana redonda de los cubículos no se disfrutaba igual de la enorme luna rielando en la superficie negra del mar, dibujando con su reflejo un gigantesco faro de plata y oro.

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Por la mañana me dieron los buenos días un banco de peces voladores. Envidiosos de los pájaros estos increíbles animales ejecutan vuelos rasos de yo diría de más de 10 metros sobre el agua. También comenzó a divisarse la costa verde y tropical de Mazatlan, donde desembarcamos yo…y la que sería mi nueva compañera de viaje hasta Guadalajara.

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Ya conté en mi anterior entrada como conocí a “H”, alguien diferente sin duda, o al menos diferente a mí. Una curiosa vida la que lleva, en la que trabaja como bailarina de streptease durante parte del año y viaja la otra parte. De carácter caótico y bastante diferente, que a mí me descoloca por momentos. No obstante no hay problema, mi paciente y ordenada forma de ser, de bibliotecario (como ella me dice) y su caos sembrado allí por donde va convivieron y aprendieron el uno del otro sin que ninguno de los dos nos matásemos mutuamente.

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La juventud está perdida, esa afirmación de “pureta” queda en entredicho cuando uno duerme en las estaciones de bomberos voluntarios como la de Mazatlan, donde pude cenar y compartir con una panda de chavales a los que sacaba en ocasiones más de 10 años. Estos chicos pasan su tiempo libre ayudando a la comunidad a cambio de nada, solo por echar una mano, muchas veces arriesgando la integridad de sus vidas. Eso si, eso no quita que sean unos críos descarados y se pasarán la noche albureando (doble sentido mexicano) y vacilándome, poniendo en entredicho mi masculinidad sin que yo ni siquiera me diera cuenta…. buenas risas se echaron a mi costa los cabroncetes 😉

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Antes de comenzar a rodar el interior del país, un poco por informarme y otro poco por la paranoia de “H” y de otras personas que me advertían decidí hacer una búsqueda acerca del estado de Sinaloa y Michuacan, a ver que salía en la prensa online. “3 cabezas son encontradas en el parque de…” ¡Genial!, algo así rezaba un titular que aparecía en los primeros lugares del buscador. Hay que decir que a los medios de comunicación, les encanta la sangre, lo grotesco el gore en primera plana tooooodos los días, fotografías de hombres con los sesos desparramados en lado izquierdo del tabloide conviviendo con una chati medio en bolas en lado derecho; sexo y violencia, no hay más. Recuerdo uno de los primeros días que reparábamos un pinchazo en la plaza de un pueblo, que pasó una motocicleta pilotada por un hombre con su hijo pequeño, radiaba a través de un altavoz sucesos de una forma asquerosamente sensacionalistas, morbosa y demagógica. El tono del “periodista” exactamente igual que si de un partido de fútbol se tratara, voceaba cosas como “caballo aplasta cabeza de bebé”, o “drogadicto apuñala a su indefenso abuelo por dinero para cerveza”. Por suerte, bien por lo exagerado de las informaciones, bien porque si no buscas problemas no los encuentras, los días que continuaron fueron geniales, de montañas que nos exprimieron el sudor pero que recompensaban con bosques tropicales increíblemente fértiles, cielos preciosos de luz dorada y mango maduro junto a la carretera.

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No recuerdo el nombre del pueblo, llegamos a mediodía y mi garganta me pedía una cervecita ya, ok, dije y me acerqué al depósito de la plaza. Una especie de tienda, de fachada abierta que solo vende cerveza, normalmente de una marca específica. Aquí te puedes tomar tu bebida como si estuvieras al aire libre, pero evitando problemas con la policía, ya que tomar en la calle está prohibido.

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Me di cuenta cuando los tres tipos comenzaron a negociar la compraventa de una mirilla telescópica Beretta. Me estaba tomando mi “chelita” con los narcos que controlaban esa plaza. Si hubiera llegado de gringo en un coche chingón, supongo me hubieran despachado rápido, del rollo -¿qué quieres wey?, compras o te vas- pero cleta despierta admiración, curiosidad…esa pregunta de, ¿qué coño hace este aquí perdido?. Y como no podía ser de otra manera, me vi acribillado, pero a preguntas, por tres tipos puestos de cocaína hasta las cejas que formulaban sus dudas a tal velocidad que yo sin tales estimulantes difícilmente podía contestar a tiempo. Fueron ellos mismo los que me recomendaron desviarnos de la ruta y tomar una carretera junto a la costa, la verdad que preciosa.

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En esa misma carretera entramos en una palapa junto a la playa a preguntar los precios de los pescados, buenísimos en esa zona. Tras darnos la vuelta, para irnos pues como era de esperar los precios escapaban a bolsillos escuetos como los nuestros, Juan Carlos que convidaba a su amante a una deliciosa comida de mariscos me llamó. -Oye amigo, por que no os sentáis y nos acompañáis, pedid lo que os guste, yo invito.- La comida estuvo increible, un pescadote de kilo para “H” y otro para mí, y camarones en dos presentaciones, una picante y otra más. El asunto es que se nos hizo tarde, imposible llegar al siguiente pueblo y como siempre la providencia, esta vez por parte de la dueña del restaurante nos ofrecía un lugar para pasar la noche bajo el techado de palma. Pero Juan carlos se negó, el lugar se quedaba vacío por la noche y era epoca de pesca, el afirmaba desde la autoridad que le daba formar parte del negocio (exportador de pesca) que casi todos los pescadores eran una panda de pobres diablos drogadictos, de los que poco bueno cabía esperar y que el lugar no era seguro. Eso asusto a mi compañera, por otro lado a mí me convencieron sus rogativas…no se quedaría tranquilo si nos dejaba allí. El pasado año intentaron secuestrar a su hijo de 24 años en Tijuana, los perros no lo lograron pues el chico se resistió, el problema es que perdió la vida de un balazo desesperado. Estávamos montando las bicicletas en la parte trasera de la camioneta cuando yo ya me arrepentía de no poder recorrer esa preciosa carretera al día siguiente, absolutamente convencido de que no nos hubiese ocurrido nada. Con nosotros no va la movida y no tenemos una empresa que nos deje beneficios millonarios que nos haga atractivos a ojos criminales.

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La casa de Jackie en Tepic se convierte en un fugaz hogar a medio camino de Guadalajara, nos enseña su ciudad y nos invita a un cumpleaños de la familia. No me canso de decirlo, me encantan estas redes que te permiten vivir un pedazo de la vida de otra persona, conocer desde dentro su comida, su forma de relacionarse, la sociedad en la que viven…

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Caminábamos las calles empedradas entre casas antiguas, cuando apareció en el quicio de la puerta “El Cholo”. La verdad que el tío daba miedito. Pelón, con el pecho y la tripa llena de tatuajes y estética de chicano malote de prisión. Nos invitó a pasar en perfecto inglés de barrio a la casa increiblemente bonita, que conservaba la arquitectura colonial de patio central con bonitas columnas de piedra y estancias alrededor que ahora se repartían cada miembro de la familia. El disponía de un pequeño cuartucho que le habían cedido unos primos a cambio de mantener limpia la hacienda. El Cholo había nacido y crecido en Los Ángeles convirtiéndose por azares de la vida en ganster, tuvo que escapar hace unos meses de los Estados Unidos porque andaba en busqueda y captura y las cosas se habían puesto ya muy difíciles entre las bandas. Como el dijo, -Si mon, yo maté a unos cuantos cabrones que se lo merecían. Pero ya estoy retirado de esa vida.

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Otro personaje curioso de esos días fue encarnado por un policía. Un metro ochenta y cinco, gordinflón, entradas y pelo grasiento, nariz con la punta levantada como un cerdo, bigotillo y dientes enfundados en metal (no entiendo esa “moda”, os lo juro), treinta y tres años como yo pero aspecto de cuarenta y cinco (tal cual, y me quedo corto). El tipo comenzó a charlar conmigo, mientras yo esperaba el permiso de su superior para poder acampar junto a las casetas de cobro de la autopista, sitio ideal, pues tiene vigilancia toda la noche y baños.

-¿Y Qué haces por aquí compadre?-
-Estoy cruzando el país en bici.-
-¡¿En baica?!- risa prepotente- ¿No te da para un coche?.
-Bueno en realidad, he elegido la bici porque quiero.-
-Ahhh. ¿Oye y es verdad que las españolas y las americanas son unas puercas?-
-WTF?????.- No continúo la conversación por que derivó en una serie de fanfarronadas de como se lo montaba con las mujeres (de manera tremendamente gráfica y explícita). Lo gracioso del asunto es que después de la “amena” charla con la que me agasajó me pidió una “mordidita”, vamos un chantaje un regalito….¡tócate los huevos! Por supuesto le dije que no, que iba en bici y que si tenía el algo para mí. Diez pesitos, para un refresco o algo. En resumen, el torrente perfecto.

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Llegar al pueblo de Tequila es ciertamente bonito. Para empezar porque toda la altitud acumulada durante días se pierde en unos pocos kilómetros en los que te dejas caer plácidamente entre paredes de montañas verdes de las que se descuelgan cascadas de agua y gráciles puentes por los que pasa la vía del tren a unos cuantos cientos de metros sobre la autopista. La localidad, famosa a nivel mundial por el espirituoso de Agabe que se fabrica en sus destilerías, no ofrece gran cosa al viajero en bicicleta. Todo es más turístico, más caro y más de mentira. Por suerte caímos en la estación de bomberos, donde una vez más fui recibido mejor de lo que podría imaginar.

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-Chicos, ¿Sabeis dónde podemos ir a tomar un tequila por el centro?- A lo que el capitán contesta.
-¡No mames! Ahí te van a dar porquería para turista, tu no te preocupes, después de cenar hacemos una cata de algunos buenos tequilas. Incluso uno que tengo envejeciendo yo mismo en un barril.

En esa cata fué donde me di cuenta de la basura que nos vendían en “La Parte Vieja”, cuando era un crío e intentaba emborracharme rápido y barato, puro matarratas. El tequila de verdad, lo cierto es que está muy rico. Según me mostraron, una de las pruebas para saber si el tequila es bueno, es verter un poco en las manos y restregarlo. Cuando te hueles las palmas, predomina, por mucho, el olor dulzón del Agabe y no el aliento etílico del aguardiente. Esa noche dormí como un bebé.

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En la anterior publicación conté un poco como fué mi llegada a Guadalajara. Copio y pego.

Creo recordar que llegué un miércoles sobre las 6 de la tarde. La ciudad bullía de gente, de energía, de una bonita luz que se filtraba entre nubes de tormenta. Algo me enganchó desde el primer momento, ese algo, que al igual que me ha ocurrido en otras ciudades recorridas en mi viaje, me hace pensar que sería feliz viviendo ahí, recorriendo sus calles en la vieja bici de carretera que me aguarda y uso para “volar” por Vitoria, mi hogar.


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Mi estancia en Guadalajara se extendió por varios motivos. En primer lugar la ciudad tiene un ambiente a pesar de tranquilo, con bastante movimiento alternativo, donde no era difícil encontrar música, espéctaculos callejeros, rodadas en bici nocturnas, arte… En segundo lugar, la estancia en la casa de GDL en Bici es tan cómoda que no tarda mucho uno en sentirse en su propia casa. En tercer lugar y lo más importante, la gente que tuve la oportunidad de conocer. Diferentes personas que hicieron de mi estancia en Guadalajara algo especial y con las que puedo contar hoy como buenos amigos. Cenas, abrazos, cumpleaños, revisión en profundidad de cleta, noches de cumbia, mercadeo, más abrazos, salidas bicinoctámbulas, comida callejera… La perla Tapatía me enamoró duro…tanto que me llegué a plantear mandar algunos curriculums y pasar unos mesecitos alimentando las cuentas del banco. Hasta que Bicicleta me echo una mirada fulminante que me heló la columna vertebral. No me dijo nada pero me lo dijo todo…o seguía o me las veía con ella. Y una BH enfadada no es moco de pavo.

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Me voy, ya va siendo hora…. creo.Llegué para pasar unos días, una semana quizás y ya van para 20 días. La novia de Jalisco , Guadalajara, ha coqueteado conmigo y me ha enamorado.Me ha regalado decenas de sensaciones, vivencias, aventuras, charlas intelectuales, comida deliciosa, actos rebeldes, noches de amigos y cerveza, tequila, caderas cumbieras….un hogar, temporal si, pero un hogar. Pero sobre todo me ha regalado personas bonitas que me han hecho crecer un poco más.


Gracias Sara, no solo por el delicioso desayuno, si no por mostrarme los “huevos” que le echas a la vida. 
Gracias Alfredito, siempre lamentaré no poder seguir nutriéndose de una personalidad como la tuya.
Gracias Mextli por enseñar los dientes a la panda de hijos de p*t* que nos rodean.
Mashita, tan linda por fuera como por dentro, solo puedo decir que me inspiras a ser mejor.
Gracias Pepe, me voy con las reservas de cariño rellenas…por cierto me encantó tu “night bike tour”.
Gracias a toda la gente que se cruzó conmigo en la casa y me hizo pasar un buen rato platicando.


Gracias Sandra por los deliciosos chiles en nogada y esos regalitos tan ricos y que me han engordado día tras día. Gracias “Vaquero” por repararme el hornillo gratis, espero que podáis dejar el taller un ratito y consigas hacer ese viaje con tu hijo. Gracias a la pandilla tequilera de las salidas nocturnas, sacáis a pasear mi parte neandertal y de vez en cuando no esta mal jejeje…
Especialmente GRACIAS a…Bernardo, Jorge…Que puedo decir, nuevos amigos que se sienten como viejos compadres. Me dejo gente seguro…pero tú ya lo sabes, ¡GRACIAS! Se me arruga un poco el corazón, ufff.


Despedida.

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Recuerdo las primeras horas rodando tras abandonar Guadalajara, la tristeza de alejarme de gente tan buena casi se disipó por completo cuando bicicleta comenzó a chutarme con esa droga que solo ella tiene. Sedado de euforía y felicidad daba pedaladas enérgicas y a grito pelado desafinaba un Soul que JC Brooks me cantaba a todo volumen desde el mp3. El viento, nubes bañadas de luz y el asfalto me daban la bienvenida.

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Un grupo de ciclistas de guadalajara J. Luis, Ollin, Bernardo y Sully, tenían previsto viajar por cuatro días hasta Morelia, donde iban a participar en un congreso de ciclismo urbano, ocasión que aprovechamos tres viajeros para unirnos al pelotón. Desde Nueva York, Paul “The Alpha Male”, Desde tokio, Yuta “miniñochino” y servidor. En días posteriores se uniría al pelotón, Fernando otro Español, María y Gaby dos chicas de GDL en Bici. La verdad que los campamentos son bien diferentes y divertidos entre 9 ciclistas, que compartimos espacios tan variopintos como una estación de policía, un hotel abandonado o un balneario cerrado por época invernal.

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Por primera vez en este tramo ruedo enfermo, en Guadalajara cogí una extraña gripe que me tuvo raruno las tres semanas en la casa, y en la que recaí tras salir de Guadalajara. Me sorprendió el frío una noche que dormía a culo pajarero, pero acostumbrado a sudar como un pollo todo el viaje desde que entre en california sur nunca esperé que bajaran tanto las temperaturas y que fuera a pasar frío en México, eso me tuvo dos días medio grogui y con fiebre y hacer setenta kilómetros fué un verdadero suplicio.

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El día que llegamos a Morelia todos teníamos un lugar donde quedarnos, todos menos Yuta al que le eche una mano para encontrar algo gratis. Aunque al pobre le metí en buena trampa, recorrimos ayuntamiento, policía y otros estamentos pero en las ciudades grandes es muy dificil que te ayuden y lo mejor es tener un contacto previamente. Finalmente le encontré un hueco en la Casa del Estudiante, un lugar en el que los que los universitarios pueden solicitar una plaza y quedarse viviendo gratuitamente durante sus estudios. Un concepto buenísimo para gente sin recursos, el problema es que una vez recibes la plaza, nadie controla si sigues matriculado, si terminaste tu carrera o si te has ido de la ciudad. Cuando entramos en el patio del palacio en el que se encuentra la Casa tuve la sensación de entrar en una carcel de finales del siglo XIX. Patio con atrio de dos pisos de piedra, tipos con caras sombrías y miradas drogadas observando desde arriba, habitaciones con techos a 6 metros atestadas de literas de 5 pisos donde correr una cortina sucia era la máxima privacidad que podías conseguir. Vamos toda una experiencia dormir allí. La noche de Yuta se saldó con el robo de unas gafas de 450 dolares y el casco, pero la culpa la tuvo el, a quien se le ocurre dejarlas por ahí toda la noche viendo el percal.

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Yo sin embargo no puedo quejarme, Fanny, Lili y Carmen fueron totalmente encantadoras, me dejaron un apartamento anexo al suyo y me enseñaron la ciudad y la comida más rica de los alrededores. Yo intenté compensar su cariño y amabilidad con alguna anécdota, risotto y tortilla, aunque estos mexicanos siempre me inundan lo que preparo de chile picante. Fueron ellas mismas las que me invitaron a quedarme algún día más y usar su casa como base de regreso donde dejar material sobrante y poder ir para Día de Muertos hasta el lago de Patzcuaro, a unos 70 kilómetros de distancia y rodeado de pueblos famosos por esta festividad. También no dudaron en recibir a Yuta cuando supieron de sus desventuras en la Casa del Estudiante.

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Yuta, cincuenta kilos y metro ochenta de japonés, nos conocimos en la casa de GDL, el estuvo como 2 semanas y en todo ese tiempo, no abrió casi la boca entre otras cosas porque no habla ni papa de español. Tímido hasta la médula, se va pronto a dormir y se espanta con una bolsa volando.

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Pero realmente este tipo es increible, doctorado en astrofísica y becado por la universidad Berkeley un día con 26 primaveras vió una bici con alforjas, y pensó para sí mismo, “Guau!, yo quiero hacer eso” Y sin coger una bici desde que era niño, se despidió de su trabajo, se compró una, voló hasta Vancouver y en un mes se encontraba rumbo Ushuaia en una bicicleta 25 kilos más pesada que el. ¡En un mes!.

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Lo gracioso es que cuando se relaja y toma confianza, no se calla, se pasa el dia vacilándome y yo a el. Su vergüenza es tal que no es capaz de ir solo a la tienda o a una lonchería y pedir comida, así que siempre anda esperándome (esta todo el puñetero día hambriento), es como mi niño. Miniñochino como le digo yo para joder.

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Y para el lago me fuí con Yuta, allí pasamos 4 días geniales en la casa del lago de Jorge. Alemán asentado desde hace décadas en la zona. La casa construida sobre unas rocas junto al agua es un verdadero remanso de paz donde nos juntamos, (cosas del destino), con Paul el americano y David y Miguel, simpática pareja ciclista que conocí en la Paz y que volví a ver en Guadalajara. Fueron días en los que cocinamos, nos relajamos con la apaciguadora energía del lugar y disfrutamos de una de las celebraciones más famosas de México.

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El Día de Muertos los cementerios que rodean el lago se llenan de vivos que velan a sus seres queridos todo el día y la noche. Convierten las tumbas en lugares mágicos y escenográficos, llenando los montículos de tierra funesta de miles de las anaranjadas Cempazutchitl, coronas florales, velas y canastas de la comida favorita del fallecido. El ambiente realmente es sobrecogedor, el problema es que algo tan bello no ha escapado a la globalización y es un poco difícil abstraerse de todos los turistas sacando fotos. No obstante es algo único por lo que mereció mucho la pena desviarse y “perder” unos días.

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Entrar en el México continental, ha sido descubrir un México diferente a la península. Si Baja California con su desierto y gente me gustó, este último lo he vivido tan intensamente que me ha terminado de enganchar para siempre a este país. La magia de México está por todos lados, en sus selvas o bosques, en los desiertos, en su fauna, en la gastronomía, en los cielos sobrecogedores….pero sobre todo y sin lugar a duda en su gente. Solo resta decir, GRACIAS 🙂 .

Para los que me haceis llegar que quereis nuevos artículos con más asiduidad. Disculpen la tardía actualización del blog, pero para escribir necesito sentirme inspirado o con ganas y no se ha dado el caso. No obstante queridos, les invito a que me agregen a Facebook, alguna chorrada siempre subo y más ahora. En Morelia perdí el teléfono y Fernando el ciclista que encontramos camino de Morelia me regaló un pepino de Smartphone que encontró en EE.UU. y que uso para hacer fotitos de vez en cuando y compartir píldoras de experiencia casi en tiempo real. Un abrazo con cariño. ¡Ah! Y súbete a la bici!

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